Un instante profundo
Por Guillermo Ward
Director Colectivo Zeta Chile
Stanisvlaski[1] dice que a pesar de lo diverso que puede ser el público en una misma función, en algunos momentos de montajes bien logrados, existe un instante en que todos los que participan de él se hayan conectados. Esa situación instantánea de conexión, que se va urdiendo a medida que avanza la obra, Peter Brook[2] la define como Pez Dorado, especificando que ese “es el instante, la millonésima de segundo en que actor y público se relacionan estrechamente, como en un abrazo físico”. Agrega que “Lo que cuenta es la densidad, el espesor, la multiplicidad de capas, la riqueza; en resumen la calidad del momento”, y que solo el que ha vivido este momento entiende por qué el teatro no ha muerto y porque vale la pena dedicarse una vida a él. “El Pez Dorado es al fin de cuentas el objeto último y la aspiración creadora del actor…, este nivel de calidad instantáneo es la única referencia para juzgar un acto de teatro” concluye.
Este Pez Dorado me lleva a reflexionar sobre la descentralización de las ofertas culturales y artísticas en los sectores apartados de centros urbanos, siendo temática recurrente de quienes nos desenvolvemos en el ámbito de la cultura, las artes y el patrimonio en la ciudad; de alguna u otra manera, tratando de gestionar propuestas para revertir el centralismo: todo se da, se crea y se ofrece prioritariamente en las grandes ciudades, sin que las regiones tengan las mismas oportunidades, actitud que se replica también en las comunas, dejando de lado a los poblados más alejados de las capitales regionales. Acá en el Norte, especialmente en Tarapacá, nos referimos a la expansión territorial que dificulta llevar nuestro quehacer artístico a los poblados de la pampa, precordillera y altiplano, y por la costa hacia las caletas. Sectores del litoral iquiqueño socioculturalmente aún más abandonados que el interior de la región, los que actualmente experimentan un proceso de crecimiento demográfico en la reinstalación de grupos humanos en los antiguos asentamientos changos[3].
He tenido la oportunidad de ser un gestor cultural con varias décadas en el cuerpo, un artista activo que produce y consume arte. He participado desde afuera como crítico y usuario, desde adentro como representante de instituciones que administran, ofrecen, conocen y entregan las facilidades y los recursos para que artistas, gestores y público puedan acceder a ellas; ejecutarlas, desarrollarlas, conocerlas, disfrutarlas, modificarlas, ofertarlas, divulgarlas… sin embargo me he ido dando cuenta que existe una desidia solapada, poco interés y efectividad de los mismos que abogan por ser partícipes en igualdad de derechos, “La cultura debe llegar a todos”. Las instituciones del Estado y los municipios invierten recursos, las autoridades se preocupan y motivan a los artistas a elaborar proyectos para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos mediante el arte, pero no se aprovecha, es insipiente, falta compromiso de la contraparte. Lo digo como reflexión, desde la experiencia con este proyecto financiado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, realidad que se repite también con las otras disciplinas del arte que itineran, que salen del centro urbano, de la zona de confort con muy buena intención, que guarda remembranzas a nuestro proyecto anterior Narraciones del Desierto[4], cuando llevamos Teatro Espontáneo a la Provincia del Tamarugal, al desierto, a los pueblos de la pampa, encontrándonos con escaso público, nula convocatoria y lo más evidente, el exiguo compromiso de los dirigentes o líderes comunitarios que solicitan y reclaman por el acceso a la cultura.
En esta ocasión el proyecto El Pez Dorado nos llevó con Teatro Espontáneo a 6 caletas de la costa iquiqueña. La itinerancia ha sido nuestro compromiso social, queríamos dar a conocer una modalidad teatral diferente, participativa, grupal, de la que durante cuatro años hemos sido precursores en la ciudad, pensamos que también debían tener la oportunidad de conocerla los sectores lejanos de Tarapacá, serviría para compartir experiencias, conocer sus historias y rescatar su identificación con el mar, la costa. Muy buena iniciativa, que fue conversada previa a la postulación del proyecto con ellos, quienes manifestaron que la cultura era indispensable en sus comunidades. Con la primera experiencia en el desierto se editó un libro, se hizo la devolución entregándoles ejemplares a las comunidades, a las bibliotecas del país, se expuso la experiencia en foros internacionales de Teatro Espontáneo (Córdoba, Quito). Esta será igual.
Nada ha sido improvisado, sin consultar y coordinar con los dirigentes de las caletas a visitar, ni en la primera instancia, ni en ésta. Antes de presentar el proyecto se acordó la invitación, que surge de una necesidad, de una conversación donde los dirigentes manifiestan y solicitan que les entreguen acciones culturales en sus propios espacios, en este caso teatro, que desean que el arte llegue hasta sus localidades. Se comprometieron a otorgar facilidades con el espacio físico para la función, a convocar a los vecinos. Posteriormente se efectuaron tres visitas a terreno para coordinar detalles, entregarles los afiches, conocer el espacio escénico, luego vinieron las llamadas telefónicas, los wasap… y nos empezamos a encontrar con situaciones inesperadas, que debemos sortear para no cargarnos emocionalmente de situaciones anexas.
Como compañía profesional llegábamos dos horas antes a ordenar el lugar que generalmente no estaba limpio, no tenía sillas, etc… quedando adecuado para la recepción del público, para acogerlos con cariño y respeto, sus historias era la dramaturgia para la actuación. Otras actividades, misa, fútbol, ensayos nos entregó un mínimo de público, en otras dos o tres personas estuvieron presentes, sus dirigentes quienes aseguraban que habían convocado a la comunidad, como Pilatos se levaban las manos.
Nos dimos cuenta como Colectivo Zeta que la intensidad de los relatos, de las historias y su relación con el territorio, rescatadas y representadas a través de Teatro Espontáneo se entrelazan, que la cantidad de público no fue lo fundamental, si no la calidad, lo interesante de ellas y la buena disposición para ofrecerla, de ese escaso público que pedía disculpas por el resto ausente, que este teatro los emocionaba y los sorprendía por ser distinto, ser participativo, por la espontaneidad de los actores para poner en escena sus vivencias. Narraciones que nos han servido para contrastar la realidad de las caletas de nuestra costa con la identidad histórica de los changos, teniendo como antecedentes las caracterizaciones actuales de sus habitantes con los primeros pobladores, variaciones insuficientes. Aún existe una cultura insipiente, una organización básica, otorgándole a la caleta la connotación de refugio natural, buen clima, necesidades mínimas y un sustento de sobrevivencia ofrecido por un mar prodigo que no tiene tiempo para repoblar su ecosistema.
Hago referencia en un capítulo del libro a la silla vacía para describir al escaso público que tuvimos en algunas caletas, pero también la relaciono con la técnica terapéutica[5], creada por Jacobo Levi Moreno, donde uno se enfrenta asimismo y reflexiona ante una silla vacía frente a un interlocutor no presente, que lo imaginamos, damos cuerpo y vida. De esa autorreflexión se obtienen respuestas. Eso he hecho frente a este proyecto, preguntarme y responderme desde mi propia experiencia en el campo de la cultura y el arte, ¿Valió la pena?
Como creíamos no encontramos al recoger la red el Pez Dorado. No salió entremedio del cargamento de huiros y bauncos el valioso pez que justifica la salida al mar de la embarcación y que premia económicamente al pescador. Sin embargo recuerdo la millonésima de segundo en que el actor y público se relacionaron estrechamente, recuerdo los rostros de esas personas humildes, hombres y mujeres curtidos por el sol que con ojos brillantes y húmedos asintieron con sus cabezas las espontáneas escenas; viéndose, reconociéndose, diciéndonos, “sí, sí, es igualito, así fue”, aplaudiendo desde el corazón, emocionados. Un agradecimiento sincero lamentando que los otros, sus vecinos, no hubiesen vivido la experiencia.
A la pregunta final, si valió la pena o no la itinerancia, la respuesta la obtuvimos al retornar a casa después de Chanavaya; con un wasap que decía, “Gracias por la linda y emotiva tarde que nos hicieron pasar”, como también en la tranquilidad de una templada tarde iquiqueña, al recordar el rostro infantil que en una función dijo, “yo estoy feliz porque veo a los actores felices”. ¿Encontramos el Pez Dorado? Sí, sí, estaba ahí, no en la red, si no en la conexión, en ese instante profundo, donde nuestra silla nunca estuvo vacía.
[1] https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/stanislavski.htm
[2] https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/2625/Peter%20Brook
[3] Primeros habitantes pescadores nómades de la zona.
[4] http://www.narracionesdeldesierto.blogspot.com
[5] http://www.gestalt-terapia.es/la-tecnica-de-la-silla-vacia-un-elemento-identificativo-de-la-terapia-gestalt/


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